“La gente decide por emoción”. Es una de las frases más repetidas en el Marketing Político… y también una de las más ciertas.
Las emociones no solo son parte de la naturaleza humana, sino también parte de la decisiones políticas.
Hoy las emociones más utilizadas no son las positivas, por el contrario son: el miedo, el enojo y el odio. Y esto no es casualidad. Desde la psicología, hay una explicación clara: el pensamiento dicotómico; en ese estado mental ya no hay grises ni matices, todo se vuelve extremo. Empiezas a ver el mundo de buenos contra malos, conmigo o contra mí.

Cuando una persona entra en este tipo de pensamiento, su percepción de la realidad cambia, la conversación deja de ser sobre ideas y se vuelve personal. Porque conmover no siempre tiene que ver con esperanza; muchas veces se apela al enojo o al resentimiento.
Por eso vemos discusiones cada vez más agresivas, más viscerales y más polarizadas, incluso en temas que antes no tenían nada que ver con política, muchas de esas discusiones no nacen de manera orgánica, es decir son inducidas, amplificadas y empujadas por dinámicas digitales que buscan premiar el conflicto.
Así, poco a poco, el sistema favorece los discursos más extremos… porque son los que más reacciones provocan, aunque eso implique dividirlo todo.
El verdadero reto no es dejar de conmover, sino elegir qué tipo de emoción queremos generar a nuestra audiencia: porque no todas las emociones construyen.
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