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La comunicación política tradicional ha muerto

El 2025 marcó un punto de inflexión para la comunicación y el marketing político con la inteligencia artificial en México. La opinión pública se consolidó como el principal campo de disputa política.

Hoy la comunicación política se juega en los relatos sobre la realidad, es decir, en cómo cada ciudadano percibe el mundo que vive. Cada persona interpreta la realidad desde lo que ve, lo que escucha y también desde lo que quiere creer.

Durante el último ciclo quedó claro que la ciudadanía tiene cada vez menos tolerancia a la retórica política desconectada de su vida diaria. No porque la gente haya dejado de creer o de esperar soluciones, sino porque espera respuestas a lo que vive todos los días. A la gente de a pie no le interesan los discursos que no tienen un impacto inmediato en su vida diaria; le interesa que le ayuden a resolver lo que vive.

En paralelo, la tecnología y la inteligencia artificial están transformando la forma en la que se mide y se comunica en política. Pero el verdadero reto no está solo en usar más herramientas, sino en desarrollar inteligencia social: la capacidad, de quienes nos dedicamos a la comunicación y el marketing político, de entender a las personas más allá de los datos.

Hoy hay más información que nunca: más encuestas, más métricas y también más conversaciones aparentes en redes sociales. La diferencia ya no está en acumular datos, sino en saber leer qué hay detrás de ellos y distinguir cuáles son datos confiables y cuáles no.

En la práctica observamos escenarios que pueden parecer contradictorios: personas informadas, críticas y muchas veces enojadas, que al mismo tiempo mantienen ideologías y tendencias políticas similares a las de otros tiempos. No es falta de información, sino una mezcla de lealtad a su sistema de ideas políticas, identidad social y contexto.

Las encuestas siguen siendo una herramienta clave dentro de cualquier estrategia seria. Su valor está en ayudar a calibrar decisiones, leer tendencias y detectar cambios en la Intención de Voto® y en la Aprobación de Gobierno®. No solo es saber qué decide la gente, también es entender por qué piensa lo que piensa.

Durante mucho tiempo también hemos visto otra práctica: algunos asesores políticos apostaron por saturar de información para intentar influir en la percepción pública. Encuestas falsas, cifras sin contexto y datos que se contradicen entre sí, circulando en espacios que sólo consume el círculo rojo, pero que la demás gente, irónicamente, no busca activamente. El resultado es claro: entre más se satura, menos convence.

A esto se suma un fenómeno que se intensificó desde 2025 y que en 2026 es todavía más visible: la polarización, donde los temas se simplifican al extremo y se presentan de manera dicotómica, obligando a la gente a decidir entre blanco o negro, te gusta o no te gusta, estás conmigo o estás contra mí. Incluso asuntos que no tendrían por qué ser políticos terminan atrapados en esta lógica de simplificación y juicio rápido.

Cuando ese tipo de narrativa domina, el sentido común y la empatía quedan fuera. En lugar de discutir ideas, se refuerzan bandos.

El ecosistema digital juega un papel central en esto. Las redes sociales no solo forman opinión, también la distorsionan al amplificar ciertos mensajes y fragmentar la percepción colectiva, debilitando el consenso entre las personas. En 2026 vemos con más claridad conversaciones impulsadas por cuentas que no representan a personas reales. Granjas de bots que antes operaban principalmente en “X” (antes Twitter), hoy se han movido a plataformas más digeribles y masivas como TikTok, donde el contenido se consume rápido, detona conversación y muchas veces genera mayor confrontación.

Esto genera una sensación constante de conflicto, enojo y urgencia, se activa el sistema de amenazas generando emociones negativas como el miedo, la frustración y el enojo. Emociones que, traducidas a la lógica política, favorecen discursos cada vez más radicales.

Aquí la responsabilidad no es de la tecnología en sí, sino de los estrategas, asesores y equipos de comunicación que deciden cómo usar la tecnología y la inteligencia artificial. Hoy, en muchos casos, se está usando más como una herramienta para polarizar que como una forma de entender mejor a la sociedad.

La inteligencia artificial puede ayudar a detectar desinformación, identificar patrones de conversación no orgánica, distinguir voces reales de ruido artificial y evaluar cómo impactan los mensajes en la percepción pública. Pero su valor depende completamente de la intención con la que se utilice.

Quienes trabajamos en comunicación política conocemos estos mecanismos. Sabemos cómo se activan las emociones y cómo se construyen narrativas. Por eso, la responsabilidad es mayor. La pregunta ya no es cómo empujar más fuerte un mensaje, sino desde dónde se comunica: con sentido y responsabilidad.

La comunicación política tradicional ha muerto. No solo por la llegada de la inteligencia artificial, sino por la urgencia de recuperar la inteligencia social.

El 2026 está siendo un año marcado por narrativas más radicales, mayor polarización y conversaciones cada vez menos orgánicas en el espacio digital. Entender eso y decidir de qué lado estar será clave para quienes buscamos construir comunicación con conciencia y responsabilidad.

Escrito:

Marisabel Del Real

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El entrevistado escucha una grabación y oprime en el teclado telefónico el botón de la respuesta de desee y al no interactuar con alguna persona, siente más confianza de contestar con honestidad.
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