Una de las barreras más grandes en las próximas elecciones judiciales será el lenguaje. En términos sencillos: si la ciudadanía no entiende lo que dicen los candidatos, no podrá decidir con claridad por quién votar.
Durante años, el lenguaje judicial se ha caracterizado por su complejidad, tecnicismos y estructura rígida. Esto puede ser útil en contextos procesales, pero es completamente ineficaz cuando se trata de conectar con el electorado. A diferencia de jueces y magistrados, la ciudadanía no vive entre códigos y sentencias, sino entre realidades concretas que exigen explicaciones claras.
La comunicación política tiene una regla de oro: si no comunicas, no existes. Y para comunicar, no basta con hablar, hay que hablar claro.
En estas elecciones, el tiempo de campaña será limitado: solo 60 días. Eso significa que los candidatos deberán encontrar una forma de presentarse, explicar su función y conectar emocionalmente con el electorado en muy poco tiempo. Aquí es donde entra la necesidad de un mensaje simple, directo y repetible.
Un mensaje efectivo en política debe:
• Ser simple: fácil de recordar.
• Ser directo: sin rodeos ni ambigüedades.
• Ser repetitivo: para fijarse en la mente del votante.
• Generar confianza: porque solo así se construye credibilidad.
Pero este tipo de comunicación no se opone a la profundidad. No se trata de banalizar la justicia, sino de traducir su importancia. Un candidato judicial no puede quedarse en decir “soy experto en derecho penal”; necesita explicar cómo su experiencia impacta en temas como la seguridad, los derechos humanos o la reparación del daño a víctimas.
La ciudadanía necesita saber, en pocos segundos, qué representa cada perfil, qué lo distingue de los demás y por qué debería confiarle una función tan delicada como impartir justicia.
En esta elección histórica, los tecnicismos no serán aliados. El lenguaje claro será el único puente real entre los candidatos judiciales y quienes, por primera vez, tendrán el poder de elegirlos.